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La comodidad se volvió argumento central del vestir contemporáneo. Oficinas híbridas, códigos relajados y jornadas largas hicieron que el traje rígido dejara espacio a prendas más suaves y funcionales. El problema aparece cuando la comodidad deja de ser elección estética y se convierte en descuido. 

La frontera es sutil. Un conjunto relajado puede proyectar seguridad moderna. El mismo conjunto, con mala proporción o falta de intención, puede transmitir desorden. La diferencia no está en usar tenis o sudadera; está en cómo se integran al conjunto. 

Diversos análisis de moda masculina contemporánea señalan que el auge del “comfort dressing” posterior a la pandemia redefinió códigos formales, pero también diluyó ciertos estándares de estructura y presentación. GQ y Esquire han documentado cómo el reto actual no es abandonar la formalidad, sino reinterpretarla sin perder coherencia. 

El riesgo aparece cuando lo práctico desplaza por completo la edición. Telas demasiado elásticas que pierden forma, pantalones sin caída definida, camisetas con desgaste evidente o combinaciones improvisadas bajo el argumento de “es cómodo”. La comodidad no debería eliminar la silueta. 

Incluso publicaciones como The Business of Fashion han señalado que el consumidor contemporáneo busca prendas híbridas que permitan movilidad sin sacrificar diseño. Esa búsqueda implica intención: elegir piezas técnicas con corte limpio, materiales de mayor calidad y proporciones pensadas para verse bien tanto en movimiento como en reposo. 

Un jogger puede funcionar si tiene caída precisa. Una sudadera puede verse elegante si el tejido tiene peso y el conjunto está balanceado. La comodidad bien ejecutada proyecta dominio del entorno. La comodidad mal editada proyecta apatía.