Por eso los destinos de altura vuelven a ganar valor.
Porque ofrecen algo mucho más escaso que entretenimiento: espacio mental.
Mientras ciertos destinos compiten por atención constante, la montaña empieza a vender exactamente lo contrario: alivio sensorial.
El verano ya no pertenece únicamente al mar.
Pertenece al lugar donde finalmente puedes respirar distinto.
Normalmente aparece donde el cuerpo deja de defenderse del ruido.
Y para muchos viajeros hoy, eso empieza a encontrarse más fácilmente entre bosque, piedra y aire fresco… que entre camastros, tráfico y música demasiado fuerte.