Para muchos, Die Hard sigue siendo la mejor película de acción de todos los tiempos. Se puede discutir el título, pero resulta mucho más difícil discutir su influencia. Después de su estreno en 1988, Hollywood pasó años intentando repetir la fórmula: un hombre común atrapado en un espacio cerrado, un enemigo formidable, recursos limitados y suficientes problemas para que escapar nunca fuera sencillo. Hubo un Die Hard en un barco, en un avión, en un autobús, en una montaña. La película había terminado convirtiéndose en un género dentro del género.

Lo extraño es que John McClane no nació realmente como John McClane.

Antes de Bruce Willis, antes del Nakatomi Plaza y antes de Hans Gruber, el hombre que debía enfrentarse a los terroristas de aquel edificio era un detective llamado Joe Leland. Y en el cine ya tenía rostro: el de Frank Sinatra.

Todo comenzó con El detective

En 1966, el escritor estadounidense Roderick Thorp publicó The Detective, una novela policiaca protagonizada por Joe Leland. Dos años después llegó al cine dirigida por Gordon Douglas, con Sinatra interpretando al detective y un reparto en el que también estaban Lee Remick, Jacqueline Bisset, Jack Klugman y Robert Duvall.

No era una película de acción en el sentido que hoy asociamos con Die Hard. Era un thriller policiaco adulto y bastante oscuro para el Hollywood de finales de los sesenta. Leland investigaba un asesinato mientras la historia se adentraba en corrupción policial, sexualidad, matrimonio y las zonas menos cómodas de la sociedad estadounidense.

La película tuvo éxito y Thorp regresaría años después con el mismo personaje. En 1979 publicó Nothing Lasts Forever —Nada es para siempre—, concebida como continuación de The Detective.

Y aquí las cosas empiezan a resultar familiares.

Joe Leland viaja a Los Ángeles durante Navidad para visitar a su hija, Stephanie, que trabaja en la Klaxon Oil Corporation. Durante una fiesta en el rascacielos de la empresa, un grupo de terroristas alemanes toma el edificio. Leland queda libre, oculto entre los pisos, y comienza a enfrentarlos uno por uno mientras intenta salvar a su hija y a los demás rehenes.

Sí: eso ya es Die Hard.

Incluso aparecen personajes que sobrevivieron prácticamente intactos hasta la película, como el policía Al Powell, además de un Gruber como jefe de los atacantes. El edificio, la fiesta navideña, el héroe aislado en su interior y buena parte de la estructura que conocemos ya estaban en el libro de Thorp.

Portada de la novela Nothing Lasts Forever
Frank Sinatra pudo haber sido John McClane

Cuando 20th Century Fox decidió adaptar Nothing Lasts Forever, apareció una peculiar obligación contractual. Como la novela era la continuación de The Detective, Sinatra tenía derecho a interpretar nuevamente a Joe Leland. El estudio tuvo que ofrecerle el papel.

Para entonces habían pasado veinte años desde El detective. Sinatra rondaba los setenta y, sensatamente, declinó.

Sólo hay que imaginar durante unos segundos una versión de Die Hard protagonizada por Frank Sinatra a esa edad para entender cuánto podía haber cambiado la historia del cine.

Sin Sinatra, la adaptación comenzó a alejarse de su origen. Joe Leland se convirtió en John McClane. La hija a la que debía rescatar fue sustituida por su esposa, Holly. Klaxon Oil se transformó en Nakatomi Corporation y los terroristas de la novela terminaron convertidos en sofisticados ladrones que utilizaban el terrorismo como pantalla para vaciar una bóveda.

El cambio decisivo, sin embargo, fue el protagonista.

Bruce Willis venía de la televisión, especialmente de Moonlighting, y estaba lejos de representar al héroe de acción que dominaba aquella década. El modelo eran cuerpos extraordinarios como Schwarzenegger o Stallone: hombres capaces de entrar en combate como si hubieran nacido preparados para hacerlo.

John McClane era otra cosa.

Tenía miedo a volar. Su matrimonio estaba en problemas. Se equivocaba. Sangraba. Se cansaba. Pasaba buena parte de la película descalzo y cada enfrentamiento dejaba alguna consecuencia visible. En lugar de parecer invencible, daba la sensación de estar sobreviviendo por unos cuantos centímetros. El propio productor Joel Silver definiría después el cambio con bastante claridad: habían convertido al protagonista de acción en alguien vulnerable y accesible.

El héroe de acción volvió a ser humano

Ahí está buena parte de la razón por la que Die Hard envejeció mejor que muchas películas de su época.

John McTiernan construyó la acción alrededor del espacio, el suspenso y las limitaciones del personaje. El Nakatomi Plaza no funciona únicamente como escenario: sabemos dónde están McClane, Gruber, los rehenes y la policía, y entendemos cómo cada decisión modifica el tablero.

A eso se suma Alan Rickman, que convirtió a Hans Gruber en el perfecto contrapunto para McClane: sofisticado, educado, paciente y mucho más interesado en un robo extraordinariamente bien planeado que en comportarse como el típico villano de película.

El resultado estableció una plantilla que Hollywood explotaría durante la década siguiente. BFI la considera una de las películas fundamentales del género y destaca precisamente al héroe común y reticente como una ruptura frente a los protagonistas musculosos que la precedieron.

Lo curioso es que una de las películas que mejor definió la acción moderna comenzó su vida como algo completamente distinto: la segunda aventura de un detective que Frank Sinatra había interpretado veinte años antes.

Joe Leland nunca llegó al Nakatomi Plaza.

John McClane sí.

Y el cine de acción ya no volvió a ser exactamente el mismo.