Durante años, el traje fue una obligación. Código corporativo, fotografía institucional, ceremonia predecible. Hoy ya no funciona así. Precisamente porque dejó de ser uniforme, se convirtió en elección.  

El traje actual se lleva por intención. No remite a una década si está bien cortado, bien combinado y entendido dentro del contexto correcto. La diferencia no está en la prenda, sino en cómo se interpreta. 

Proporción antes que tendencia 

Las siluetas exageradamente entalladas quedaron atrás, pero también los cortes amplios sin estructura. El traje contemporáneo vive en el equilibrio: hombro definido sin rigidez, pantalón con caída natural, largo exacto. La proporción es lo que evita que parezca heredado. 

Modernizar sin disfrazar 

Actualizar el traje no implica vaciarlo de formalidad. Implica recontextualizarlo. Una camisa abierta bien planchada, un tejido más ligero, un suéter fino bajo el saco o incluso un calzado menos convencional pueden funcionar siempre que la combinación conserve coherencia. 

Color con criterio 

Azul marino y gris siguen siendo referencias sólidas, pero hoy conviven con verdes profundos, tonos tierra o burgundy. Un color bien elegido puede proyectar seguridad sin necesidad de exageración. 

En un entorno donde la mayoría opta por la comodidad inmediata, el traje bien llevado se convierte en gesto deliberado. No habla de formalidad anticuada, sino de presencia consciente.