Hay algo incómodo en el crecimiento artístico: no siempre coincide con la expectativa del público. Cuando una banda evoluciona, abandona la fórmula que la hizo popular o decide explorar otra estética, parte de su audiencia no acompaña el movimiento. Arctic Monkeys es uno de los casos más claros. 

En 2006 irrumpieron con Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not, un debut crudo, acelerado y generacional que se convirtió en el álbum debut más vendido en la historia del Reino Unido en su momento, según la Official Charts Company. Esa energía guitarrera y urgente definió la identidad inicial del grupo y consolidó una base de fans que esperaba continuidad. 

El giro comenzó a notarse con AM (2013), donde incorporaron influencias del R&B y una producción más oscura y sofisticada. El disco amplió su alcance global y consolidó su estatus, pero ya insinuaba que el proyecto no estaba dispuesto a repetirse. 

El punto de quiebre real llegó con Tranquility Base Hotel & Casino (2018). Piano dominante, narrativa conceptual y estructuras alejadas del rock directo. NME y The Guardian destacaron la ambición del álbum, mientras parte del público reaccionó con desconcierto ante la ausencia de riffs inmediatos y coros coreables. La comparación con su etapa anterior fue inevitable. 

La línea continuó con The Car (2022), donde profundizaron en arreglos orquestales y una estética más cinematográfica. Rolling Stone describió el álbum como la consolidación del giro iniciado en 2018, confirmando que no se trataba de una desviación temporal, sino de una nueva dirección permanente. 

Lo que incomoda no es el cambio en sí, sino la ruptura con la versión que el público hizo propia. En la era del streaming, donde el catálogo antiguo convive permanentemente con el nuevo, la nostalgia está siempre disponible. El algoritmo mantiene viva la etapa que muchos prefieren; la banda, en cambio, avanza. 

Arctic Monkeys demuestra que el crecimiento artístico tiene un costo: no todos aceptan que un proyecto evolucione si eso implica dejar atrás la fórmula que los enamoró. Pero repetirse puede garantizar comodidad, pero rara vez garantiza relevancia.