Durante años, el antihéroe masculino se convirtió en uno de los personajes favoritos de la televisión. 

Brillante, autodestructivo, infiel, violento, carismático. Su atractivo dependía en buena medida de observar a un hombre hacer cosas terribles con suficiente estilo. 

La generación reciente de personajes complicados se siente distinta. 

Siguen siendo incómodos. Conservan ego, ambición y capacidad para herir. Pero las historias están mucho más interesadas en las consecuencias. 

La complejidad dejó de ser excusa 

Series recientes han convertido duelo, ansiedad, paternidad, adicción, trabajo y amistad en territorios centrales de sus personajes masculinos. 

Carmy en The Bear puede ser extraordinariamente competente y emocionalmente devastador. 

Jimmy en Shrinking entiende profesionalmente la salud mental mientras su propia vida demuestra lo difícil que resulta aplicar cualquier principio cuando llega el dolor. 

Joel en The Last of Us convierte protección y violencia en partes inseparables de una misma identidad. 

Lo interesante está en que estas historias permiten que un hombre sea magnético sin convertir cada comportamiento cuestionable en prueba de genialidad. 

También aparece más conversación entre hombres. 

Amistades que incluyen afecto, confesión, vergüenza y cuidado amplían el viejo repertorio donde las emociones debían esconderse detrás de insultos o alcohol. 

Eso produce personajes mejores. 

Una figura capaz de perder control posee más posibilidades dramáticas que alguien diseñado para dominar cada habitación. 

Incluso la sensualidad cambia. 

El atractivo puede construirse desde competencia, humor, vulnerabilidad, cuidado o capacidad de hacerse responsable. 

La dureza sigue presente cuando el personaje la necesita. Simplemente dejó de ocupar todo el espacio. 

La cultura pop suele reflejar preguntas que ya están circulando fuera de pantalla. 

Qué significa ser buen padre. Cómo sostener amistad adulta. Cuánto trabajo puede absorber una identidad. Qué hacer con la ira. Cómo pedir ayuda sin sentir que se pierde autoridad. 

Los nuevos hombres difíciles interesan porque fallan precisamente en esos lugares. 

Y cuando mejor funcionan, la serie jamás intenta absolverlos por ser interesantes. 

Los deja equivocarse. 

Después los obliga a vivir con ello. 

Eso crea una masculinidad televisiva mucho más útil que la vieja fantasía del tipo destruido al que todos perdonan porque sabe vestir, beber y decir una gran frase. 

Seguir siendo complicado está permitido. 

La pantalla simplemente empezó a exigir algo a cambio: profundidad.