Servir un whisky toma unos segundos. Entender lo que tienes en la copa requiere algo más de atención.

Madera, vainilla, fruta seca, especias, chocolate, humo, cuero o notas salinas pueden aparecer donde, en un primer sorbo apresurado, solo percibirías alcohol. Catar whisky consiste precisamente en ir separando esas sensaciones hasta descubrir qué tiene de particular esa botella.

Y cuanto más reconoces, más personal se vuelve.

La copa importa

Para catar, el clásico vaso ancho de whisky no es necesariamente la mejor elección.

Una Glencairn o una copa en forma de tulipán, más amplia en la base y cerrada en la boca, concentra los aromas y permite apreciarlos con mayor facilidad.

Sirve poco y deja espacio dentro de la copa. Antes de beber, mira el whisky, aunque sin sacar demasiadas conclusiones del color: una tonalidad más oscura puede hablar de la barrica o del proceso, pero no significa automáticamente mayor edad o calidad.

Primero, la nariz

Acerca la copa gradualmente y haz inhalaciones cortas. Hundir la nariz y aspirar con entusiasmo suele servir principalmente para comprobar que el whisky contiene alcohol.

Después dale tiempo.

Tal vez aparezca vainilla, manzana, pasas, canela, madera, humo. No tienes que encontrar lo que dicta una ficha de cata.

El olfato trabaja con recuerdos. Un aroma puede llevarte a una caja de puros, una sobremesa, madera recién cortada o algún lugar que solamente tú reconoces. Esa asociación también forma parte de la experiencia.

El segundo sorbo suele contar más

El primero prepara el paladar. Toma una cantidad pequeña, deja que recorra la boca y presta atención también a la textura: puede sentirse ligero, cremoso, aceitoso o especialmente denso.

En el siguiente sorbo los sabores suelen resultar más claros.

Un bourbon puede acercarse a vainilla, caramelo y especias dulces; un Scotch pasado por barricas que antes contuvieron jerez puede llevar hacia frutos secos; la turba puede aportar humo, tierra e incluso notas medicinales.

No hay premio por encontrar más descriptores. Lo interesante es descubrir cuáles aparecen para ti y cuáles disfrutas.

Agua o hielo: depende de lo que quieras encontrar

Añadir unas gotas de agua a un buen whisky no es sacrilegio.

La dilución puede hacer más perceptibles determinados aromas, especialmente en whiskies de graduación elevada. Prueba primero el whisky solo, agrega unas gotas de agua a temperatura ambiente y vuelve a olerlo.

El hielo cambia la experiencia de otra manera: enfría y diluye progresivamente la bebida, reduciendo también la intensidad de algunos aromas.

Para conocer un whisky nuevo, conviene probarlo primero solo. Después puedes decidir si lo prefieres con agua, hielo o sin modificar.

La experiencia no termina al tragar

Después del sorbo llega el finish o final: los sabores y sensaciones que permanecen en boca una vez que el whisky ha pasado.

Puede durar apenas unos segundos o acompañarte durante varios minutos. A veces reaparecen la madera o las especias; otras surge algo que apenas se insinuó al principio.

Un final largo no es necesariamente mejor. Es, simplemente, otra parte del carácter del whisky.

Descubre qué te gusta

Una buena manera de educar el paladar es comparar.

Prueba dos whiskies al mismo tiempo: un bourbon frente a un single malt, uno con turba junto a otro sin ella, o dos expresiones terminadas en barricas distintas. Las diferencias aparecen con mucha más claridad cuando están frente a frente.

Después de algunas catas dejas de elegir una botella únicamente porque “te gusta” y empiezas a reconocer qué buscas en ella.

Quizá ahí está el mayor placer del whisky: cada copa reúne el trabajo del destilador con todo lo que tus sentidos y tu memoria son capaces de descubrir en ella.