En 1964, Stanley Kubrick decidió que la mejor manera de hablar sobre la posibilidad de una guerra nuclear era hacer una comedia.

El resultado fue Dr. Insólito, una película poblada por militares delirantes, políticos incapaces y hombres convencidos de tener el control mientras el mundo se acerca al desastre.

Más de 60 años después, Alejandro G. Iñárritu parece hacerse una pregunta parecida: ¿y si nuestra época también es demasiado absurda para contarla seriamente?

Su respuesta es Digger.

La película protagonizada por Tom Cruise acaba de tener un estreno comercial difícil: unos 8 millones de dólares en Estados Unidos y Canadá y alrededor de 20 millones en todo el mundo durante su primer fin de semana, frente a un presupuesto reportado muy superior a los 100 millones.

El diagnóstico más sencillo sería llamarla fracaso.

Pero Digger no está desapareciendo. Al contrario: está provocando una discusión cada vez más interesante sobre lo que intentó hacer Iñárritu y si realmente consiguió hacerlo.

De la bomba atómica al desastre climático

La comparación con Kubrick parece inevitable.

En Dr. Insólito, un general estadounidense desencadena por su cuenta un ataque nuclear contra la Unión Soviética mientras políticos y militares buscan desesperadamente detener una catástrofe que ellos mismos ayudaron a construir.

En Digger, la amenaza cambia.

Tom Cruise interpreta a Digger Rockwell, un magnate petrolero cuya ambición provoca una catástrofe ambiental y que después intenta presentarse ante el mundo como el hombre capaz de solucionarla.

Cambian la Guerra Fría y las bombas por petróleo, crisis climática, corporaciones y multimillonarios.

Pero la pregunta se parece bastante:

¿qué sucede cuando quienes tienen más poder son también quienes pueden provocar el desastre?

Ahí termina, sin embargo, la comparación fácil.

Porque convertirse en el Dr. Insólito de otra generación requiere algo más que políticos incompetentes, salas de crisis y humor negro.

Tom Cruise deja de ser Tom Cruise

Buena parte del riesgo de Digger está precisamente en su protagonista.

Durante décadas, Cruise ha perfeccionado una imagen cinematográfica muy concreta: el hombre de acción imparable.

Ethan Hunt corre más rápido, aguanta más, salta más lejos y encuentra una salida cuando cualquiera habría desistido.

Digger Rockwell representa prácticamente lo contrario.

Es poderoso, grotesco, narcisista y forma parte del problema que pretende solucionar. Cruise aparece envejecido, transformado mediante prótesis y deliberadamente alejado del héroe que el público conoce.

Incluso algunos elementos visuales parecen jugar con Dr. Insólito: el enorme sombrero tejano de Rockwell ha sido comparado con el que llevaba Slim Pickens antes de protagonizar una de las imágenes más famosas de la película de Kubrick.

Pero aquí Cruise no cabalga una bomba.

Cabalgamos todos sobre las consecuencias de decisiones tomadas por gente como Rockwell.

¿Sátira o martillazo?

Y aquí empieza realmente la polémica.

Dr. Insólito consiguió algo extremadamente difícil: hacer reír mientras hablaba de la aniquilación nuclear.

Su absurdo tenía precisión.

Con Digger, las opiniones están mucho más divididas.

Para algunos críticos, Iñárritu ha creado una sátira ambiciosa sobre capitalismo, crisis ambiental, poder político y nuestra fascinación con los hombres que prometen salvarnos.

Para otros, la película quiere asegurarse tanto de que entendamos su mensaje que termina golpeándonos con él.

La recepción lo refleja. La crítica se encuentra prácticamente partida por la mitad, mientras que el público ha reaccionado algo mejor.

Incluso Iñárritu ha reconocido que su película no es perfecta y ha defendido precisamente aquello que está causando problemas: preferir una reacción fuerte, incluso negativa, antes que la indiferencia.

Eso plantea una pregunta interesante.

Quizá el verdadero fracaso de Digger no esté en aquello que quiere decir, sino en cómo decide decirlo.

Kubrick confiaba muchas veces en que el espectador entendiera el absurdo.

Iñárritu parece menos dispuesto a correr ese riesgo.

Iñárritu y Lubezki jugando a gran escala

Visualmente, por lo menos, difícilmente puede acusarse a Digger de falta de ambición.

Iñárritu vuelve a trabajar con Emmanuel “Chivo” Lubezki, responsable de la fotografía de Birdman y The Revenant. La película fue rodada completamente en VistaVision y concebida para una exhibición cinematográfica de gran formato.

También tiene un reparto extraordinario: Riz Ahmed, Sandra Hüller, Jesse Plemons, John Goodman y Michael Stuhlbarg acompañan a Cruise.

Todo es enorme.

El reparto, la producción, la fotografía, la estrella, el presupuesto y las ideas que pretende discutir.

Quizá demasiado.

Y esa desmesura forma parte tanto de su atractivo como de sus problemas.

El verdadero juicio apenas comienza

La taquilla ya dio su veredicto inicial y no fue amable.

Pero utilizar únicamente esos números para decidir qué es Digger resulta prematuro.

Dr. Insólito hoy parece una referencia inevitable cuando hablamos de sátira política, pero lo interesante no es declarar que Iñárritu ha creado una obra comparable a la de Kubrick.

Es preguntarnos si estaba intentando hacerlo.

Ambas películas miran una amenaza capaz de cambiar el mundo y deciden responder con personajes grotescos, instituciones incapaces y hombres poderosos convencidos de saber exactamente lo que hacen.

La diferencia es que Kubrick hablaba del miedo que definía su época.

Iñárritu está intentando hablar de los nuestros.

Crisis climática. Multimillonarios. Política convertida en espectáculo. Empresas que generan problemas y después venden soluciones. Salvadores que también pueden ser culpables.

Quizá Digger sea demasiado obvia. Quizá dentro de unos años parezca mucho más inteligente de lo que algunos críticos consideran hoy.

O quizá simplemente sea una película enorme que quiso convertirse en una gran sátira y no consiguió llegar hasta ahí.

Pero esa es precisamente la razón por la que vale la pena verla ahora.

No para averiguar si Tom Cruise puede salvar al mundo otra vez, sino para decidir si Iñárritu encontró una forma de reírse del momento en que empezamos a perderlo.